febrero 7 de 2017

               Durante la primera hora, los estudiantes de kínder se encontraban practicando para el Field Day.  Hoy era día de casa abierta para los padres.  Esto significa que, los padres pueden estar dentro de los previos de la escuela observando y participando de las actividades.   Míster Fernando aprovecho la oportunidad para poner a participar a los padres con sus hijos en los relevos.  Cada vez que observo este curso me doy cuenta de la importancia de la repetición de destrezas en los grados primarios.  Muchos de estos niños se les hace difícil correr en línea recta, sin perder el punto donde deben virar.  Nuevamente muchos de ellos me reconocen, hasta me abrazan. 
                Al terminar la clase, pasé a la cancha donde me esperaba el noveno grado.  Tengo que admitir que este grupo presenta un reto para mí, desde el punto de vista de la disciplina.  Muchos de estos jóvenes demuestran actitudes desafiantes y de desinterés que en ocasiones logran tambalear mi ánimo.   Además, persiste el problema del espacio limitado para el tamaño del grupo (33 estudiantes para un cuarto de cancha). Mi supervisor durante esta hora, Míster Lozada, tomando en consideración el plan que establecí, me sugirió que moviera la actividad final para el principio de la clase.  De esta manera se aprovecha mejor el espacio en lo que llegaba el otro grupo.  De aclarar que, la primera medio hora tengo mitad de cancha para trabajar, luego se convierte en un cuarto de cancha.  Siguiendo el plan, dividí el grupo en tres equipos y los puse a jugar ‘Speedball’.  El juego fue un éxito con los estudiantes.  Una de las ventajas que tiene este juego es que provee un espacio en donde todos los estudiantes, de todas las habilidades, pueden jugar.  Aun teniendo el éxito que tuvo la actividad, note que había estudiantes que se aprovecharon de mi desconocimiento para colarse en otros equipos.  Durante esta clase me sentí un poco incómodo y desconcentrado.  Al final de la clase, el maestro hace un anuncio bastante alarmante sobre una situación que paso en los baños de la escuela.  El maestro les menciona que han ocurrido incidentes de ‘bullying’, en los cuales los estudiantes encierran en el baño a los compañeros más pequeños.  Esta reprimenda, bajo los ánimos que había elevado el juego y acorto casi por completo el cierre de la clase.  Debo hacer ajustes con este grupo para controlar su cantidad y mantener la actividad durante la clase. 
                Al final del día, pasé con duodécimo grado, pero esta vez faltó el maestro.  Míster Fabián, me dijo que los rotara entre la sesión de cuica y después al gimnasio.  Esta actividad solo duró 20 minutos, porque desconocía que se comparte el gimnasio con otro grupo durante esa hora.   Los estudiantes me miraban pendientes a la próxima instrucción.  Como en pasadas ocasiones, me dejaron sin un plan a seguir.  Analizando la dificultad del problema, decidí improvisar una actividad que, normalmente utilizo como calentamiento en mis sesiones personales de ejercicio.  Primero cogí pase la lista para conocer con exactitud cuántos estudiantes hay en esta clase.  Mientras tomaba la lista, iba tanteando el área para ponerlos a trabajar.  Identifique un espacio vacío en el mismo centro de la cancha.  En este espacio hice tres filas laterales y los exhorté a que hicieran lo mismo que yo.  Hice sonar el silbato y procedí a darles unos ejercicios que combinan tolerancia muscular con resistencia cardiorrespiratoria, con poco o ningún tiempo para recuperar.  La respuesta de los estudiantes fue sumamente positiva y recibí un aplauso de parte del grupo entero.  Esto para mí fue uno de los momentos más importantes que he tenido en mi corta carrera como maestro.  Quedé sorprendido por esa respuesta y reconocí la necesidad que tenían esos estudiantes de que los reten.   

                Justo antes de irme, míster Santiago, me da la mano y me dice buen trabajo maestro.  Estas palabras, me hicieron reconocer la labor que había hecho.  Vale la pena mencionar, que encontré la forma de llegarle a los estudiantes y mucho tuvo que ver mi participación en los ejercicios.  Esta actitud la he desarrollado gracias a mi padre, que siempre participaba conmigo en todo y la experiencia que tengo como padre de dos niñas.  En un intento de seguir el ejemplo establecido por mi padre, siempre juego con mis hijas y estoy pendiente de todo lo que hacen.  Al aplicar esto en mis clases, los estudiantes responden mejor.